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11/7/09

PLAGIOS Y MÁS PLAGIOS

El siguiente artículo está publicado en la Revista El Mirador, de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles (Madrid) Como se trata más bien de un boletín interno, reproduzco aquí el texto para que pueda llegar a amigos que no tienen acceso a dicha revista.


¡PLAGIA, HOMBRE, SI NO PASA NADA!

Hace poco, en una de esas lecturas públicas que damos los poetas, casi me da un soponcio.
Leía un colega que estaba a mi lado. Yo miraba su libro de reojo y de repente ¡zas! el poema que alcancé a ver en una de sus páginas ¡era mío! Me quedé de piedra. Se trataba de uno de esos textos que se quedan siempre en el cajón, escrito hace unos 36 años y que yo no quise publicar. Estuve a punto de saltar en medio de la lectura y armar la marimorena pero ¿para qué? Silenciosamente, renuncié allí mismo a la autoría. Tal vez, el que me lo “hurtó” en alguna tertulia de jóvenes de entonces, ni siquiera se acuerda ahora; a estas alturas estará convencido de que es suyo (no creo que lo estuviese entonces) ¡qué más da! ¡Mira que si fui yo quien se lo plagió! Claro que sería idiota hacerlo para olvidarlo después y no sacarle jugo ¿no?
Sin duda le aprovechó más a él —el poema está en un libro suyo bien premiado por entonces— así que hasta le felicito. No voy a montar una bronca por “tan poca cosa”
Además, el fulano de marras, firmando textos ajenos como suyos está amparado por la tradición literaria que, en esto de los robos, se las trae.

No es nada nuevo lo del plagio. Nació al tiempo que la Literatura, y hasta fue visto con tolerancia en muchos casos. Véanse las copias de textos orientales y grecolatinos que se suceden en la Baja Edad Media, el Renacimiento y aún después.
Sin restarles un ápice de mérito, sabemos que hasta Berceo, el Arcipreste de Hita, don Juan Manuel y el mismísimo Garcilaso fusilaron ideas, párrafos y versos. Da igual que se hayan llamado collages, recreaciones o intertextualidad; en el fondo tomaron lo de otros y lo dieron por suyo, llamaron autoría a la traslación —algunos hasta lo avisaban en sus prólogos, cosa que ahora ni de broma—, con lo que plagiarios fueron, guste o no. Del Siglo de Oro ya hablaremos que es muy largo.
Hasta ese momento, la cosa parecía normal e incluso necesaria para el avance literario. Pero poco después, precisamente tras decir el caradura de Isidoro Ducasse, firmante como Conde de Lautremont, que “el plagio es necesario, el progreso lo implica”, es cuando empieza a ser innecesario, cutre y delictivo. Porque no es lo mismo ser algo epígonos de quienes admiramos que tomar sus temas y hasta sus palabras exactas y firmarlas con nuestro nombre. Eso, diga el listo de turno lo que quiera, no es más que miseria literaria, robo descarado, engaño al lector y delito.
Y me importa un rábano que al señor Cela le declarase inocente un tribunal, su asunto con la novela del Planeta, huele a podrido. La escritora Carmen Formoso tuvo que tragarse que estaba claro que Cela había tenido acceso a su obra, que no se descartaba que lo del Nóbel tuviera su origen en lo presentado al dichoso premio por la señora Formoso, que era una principiante... ¡hay que jorobarse!
Y sigue la cuenta con Luis Racionero y su “intertextualidad” con ni se sabe los autores; los “errores de la secretaria” de Bryce Echenique; la traducción medio copiada (fue condenado por ello) de Vázquez Montalbán; lo de los artículos de Quim Monzó, totalmente demostrado en Internet; los descaros de Ana Rosa Quintana, “negro” de por medio; el olvido de las comillas en los textos ajenos de Jorge Bucay... Y ¡cómo no! las cositas de la reina cutre de la intertextualidad-cara-cemento, Lucía Etxebarría. ¡Y ahí los tienen, tan prestigiosos ellos!

Últimamente, hasta sé de un colega horrorizado al descubrir que un libro suyo había sido fusilado, inteligentemente sin duda, por otro autor conocido, metáfora a metáfora, imagen a imagen. Tan bien hecho, por cierto, que ¡vete a demostrarlo, anda!
Visto lo visto, voy a revisar toda mi obra, a ver si he plagiado algo y un día me sacan los colores.

En todo caso, ¡quien haya firmado lo que no sea suyo, es un chorizo! ¡que conste! Menos el que me robó a mí aquel poema hace 36 años; ese ha sido ladrón todo este tiempo pero ahora ya no porque como me acabo de enterar, le regalo mi poema. Si me entero entonces, le rompo la cara.

Enrique Gracia Trinidad

3 comentarios:

Nines dijo...

Querido Enrique: ya echábamos de menos tus comentarios. La denuncia de este último es increible: hay que tener descaro, mala memoria y mucha torpeza para atreverse a mostrar la copia delante del autor... El dibujo de lo más ilustrativo. Muy bueno.
Un abrazo
Nines

Manuel dijo...

Querido Maestro: últimamente voy aprendiendo que esto de lo escrito no nos pertenece. Ya ves, ¡hasta a mi - que como sabes ni soy escritor ni soy ná de ná -, Don Santiago solano me "plagia" (con todo el cariño del mundo) algún escrito!.

Y no sabes lo orgulloso que me siento por eso.

En fin, que aún espero que uno de estos días me tomes algunos versos para construir uno de tus maravillosos poemas... Sería un honor indescriptible.

Por lo demás... ¡La imaginación al poder!

Sinda Miranda dijo...

Excelente artículo Enrique!