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2/7/18

HISTORIAS DEL CALLEJÓN (Libro de relatos)


  HISTORIAS DEL CALLEJÓN
Soledad Serrano Fabre y Enrique Gracia Trinidad

                                                           Colección: Narrativa
                                                           ISBN: 978-84-948822-9-6
                                                           148 págs. 243 grs. 15 x 23 cm.
                                                           Encuadernación: rústica con solapas
                                                           C/ IVA 15 € / S/IVA 14,42 €


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SOLEDAD SERRANO FABRE  Y ENRIQUE GRACIA TRINIDAD
ambos son escritores, actores y divul­gadores culturales. Desarrollan su actividad en teatro de voz, conferencias, recitales poéticos, talleres y cursos de creatividad y de voz, grabaciones y colabo­raciones en radio y tv, etc. con más de 10.000 intervenciones culturales públicas. Juntos o por separado han publicado poesía, relatos, varias traducciones y antologías, artículos, guiones y dibujos. En total alcanzan las cuarenta publicaciones.

HISTORIAS DEL CALLEJÓN. Estas historias son todo lo reales que las historias pueden ser cuando se cuentan pasado un tiempo. Más de medio siglo en este caso. El que las narra es el propio Callejón, un pequeño tramo de calle sin sa­lida y sin asfaltar, que acogió seis portales con tres pisos de altura cada uno, en los años 50 y 60 del siglo XX. Es un Callejón de buena memoria, pero nos avisa: Los cambios han sido enormes aunque yo continúo con un alma provinciana, y una memoria casi en blanco y negro, sin plástico ni móviles ni ordenadores, iluminada por farolas de gas, y un puñado de recuerdos que se confunden con los sueños. Todo pasa.


Ver en editorial: http://huergayfierro.com/historias-del-callejon/

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ARTÍCULO SOBRE ESTE LIBRO, 
por Valentín Martín (junio, 2018)

EL SEMINARISTA DE LA GUINDALERA  
Quique no tenía que subirse al tranvía del 8, sino a una burra escasa de fiar porque le picaba mucho la mosca, que le llevaba hasta el río cinco kilómetros más abajo. Al llegar al borde del agua silbaba como todos los niños de pueblo que vivían entre pardales y sardas, al silbido acudía el barquero anciano desperezando el sueño mexicano junto a la última pared del pueblo. Quique se subía a la barcaza, la burra unas veces sí y otras no, y el barquero anciano empujaba la barcaza con una vara robusta hasta llegar a la otra orilla, donde Quique pagaba y, cargado con la maleta llena de ropa, mantas y sábanas, emprendía una caminata hasta la estación del tren en medio del campo. 
Para entonces Quique ya sudaba, quizás por la nostalgia de sus 11 años más que por el peso de sus sandalias. Tanto pantano, tanto pantano y ningún puente, se decía el seminarista maldiciendo todos los misterios gozosos y dolorosos.
En la estación del tren había mucho aburrimiento, quizás alguna soledad, y media docena de cerdos a los que el jefe engordaba para la matanza de diciembre, en algo tenía que entretenerse si sólo pasaba un tren, y nadie sabía cuándo, para eso estaban las campanillas que avisaban media hora antes. 
El tren era negro como los que diseñaba Boris Pasternak. Y cuando entraba en la estación, bufaba como si estuviese agonizando y echando humo por los belfos de hierro.
Cuando aquel tren llegaba al último pueblo, Quique se bajaba de él y se subía a la trasera de una camioneta que iba repartiendo el correo camino de la sierra de los helechos. Entonces se escribían muchas cartas.
Al llegar a los albores de la sierra, número siempre alto, Quique abandonaba la camioneta justo enfrente de donde vivía la portuguesa más hermosa que todos habían visto en sus vidas, enfrente de una carpintería donde comenzaba un sendero de tierra que le llevaba al enorme edificio gris que era lo menos parecido a un hogar.
Para entonces había pasado casi un día entero.
En el seminario, aunque vivían con él 500 niños de posguerra, Quique estaba muy solo porque a su amigo de toda la vida, El Morroño, el obispo no lo había admitido por ser hijo de soltera.
Así que se aplicó con todas sus fuerzas a aprender latín, griego, matemáticas, química, a pelar la fruta con el tenedor y el cuchillo, a saber subir y bajar las escaleras con una señora, a escuchar “Pedro y el lobo” y saber quién era Pedro y quién el lobo según Prokofiev, a tocar la bandurria y otras cosas muy útiles para luego, cuando saliese al mundo.
Esto lo decían mucho los seguidores de Teilhard de Chardin que educaban, cuando salgáis al mundo.
Pero antes de salir al mundo Quique, el seminarista de La Guindalera, aprendió muchas cosas. 
Que los domingos son muy cortos. Que se sentía muy orgulloso de sus compañeros de 18 años, tan altos y hermosos, frente a él que era un niño de primero, del curso de los pipis. Que había dos profesores que siempre estaban juntos, como la pareja de la guardia civil de la villa medieval donde él había nacido y hoy duerme bajo las aguas. Que otro de los profesores adoraba al becerro de oro de la juventud y andaba rodeado de niño ricos y guapos que usaban colonia cara.
Ahora que han pasado los años, Quique sólo recuerda dos asuntos: que una prima segunda modista dejó de hablarle cuando abandonó el seminario después de acabar un bachillerato de lujo. Y del día que mataron a Kennedy.
Y cuando Quique salió por fin al mundo, quiso cambiarlo. Para eso había estado tanto tiempo hibernando, y había vuelto a casa solamente por julio carmesí, y se había dejado los años más musicales en un proceso interior que le conducía inevitablemente a la lucha por la libertad.
Y sin embargo, Quique no cambió el mundo sino que cambió de opinión.
Fue al leer un libro de Enrique Gracia Trinidad y Soledad Serrano. Porque entonces Quique supo que hay rendiciones inevitables. Y él se rindió al rastro de aquel mundo amable donde vivían en un callejón Ana y sus muñecas recortables inventándose libros, Jero que añoraba su bola azul más que los ancianos solteros el tiempo perdido, Luis que sólo se salvaba del vacío al volver a casa con la madre, el entierro de un niño con su cajita blanca que ve de la mano de Alicia, la casa de las tías ricas llena de santos y jazmines, el valeroso picador de toros avergonzado por las palizas de su mujer y su suegra, el cadáver de la pipera a quien mataron el progreso y la traición, la operación de apendicitis de una gallina, la pausa de la lluvia que parece más larga, el retrato del león de San Jerónimo que se parecía a la criada, las trenzas extranjeras de una niña que confundía al repartidor de hielo con el Capitán Garfio, la historia de la innombrable tía Bolola de la niña tuberculosa, Franco, Tere que amaba los trenes mientras su madre amaba a un poeta, la socialista señá Benita cagándose en todos los americanos cuando pusieron un pie en la luna, el “mi madre se lo pagará mañana”, el testículo de Jacinto Benavente pillado con una silla de tijera, el obrero que se fue a trabajar a Alemania, dejó mujer y cuatro hijos y al regresar al cabo del tiempo se encontró con mujer y siete hijos, la venganza de Ana sobre una virgen que -como todas las vírgenes- parecía una muñeca, la siringa de los buhoneros, los ojos biónicos, los muchachos asesinados cuando querían cambiar el mundo mientras las niñas cantaban “soy la reina de los mares”, el teatro hermano del hambre, la dulzura de un robo de perrunillas, la revolución industrial de Juan de Dios, los patios con coplas, Ama Rosa, y la bien pagá, el baile de las viudas donde no se hacía el amor sino la guerra, los mendigos muertos que tanto molestan a las alcaldesas porque afean el paisaje, Madame Bobary volviendo a la pobreza de la infancia, Teresa Núñez escribiendo novelas del oeste con 19 años…
Y Quique se para aquí, justo en los puntos suspensivos que tanto odia, porque al final todo pasa.
Y todo queda en un libro de Enrique y Soledad que ha logrado el milagro de convertir la obsesión de Quique por echar al mar los sistemas, la gente con certificados de buena conducta que no hace nada mientras los niños se ahogan, crecer como libertario y radical para que tantos se jodan, pero conservar la memoria de este incruento libro que no usa Guerlain número 5 sino la limpia mañana que se levanta para que los que vivieron cuenten y los que llegaron después, sepan.
Enrique Gracia Trinidad y Soledad Serrano Fabre son maestros de la literatura oral. Por eso no extraña ni una miajita que leyéndolos, los oigamos.






1 comentario:

Clipping Quick dijo...

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